El viaje a Moscú no fue menos duro: la carretera más importante de este país es una “ruleta rusa”. Tiene el firme en un estado desastroso. Transitan miles y miles de camiones, muchos de los cuales llevan los ejes bailando la jota. Pero lo peor, los conductores rusos, que al parecer son adictos a la adrenalina.
Hacer este trayecto fue una auténtica aventura con ingredientes fuertes: vimos varios accidentes desastrosos, fuimos testigos de adelantamientos que cortan la respiración y tardaremos mucho tiempo en olvidar la visión dantesca de un par de cadáveres que parecían abandonados, destrozados, sin cubrir. ¡Cómo serán las estadísticas de mortalidad en carretera de este país! nos preguntamos. Imaginarlo da escalofríos.
Fue imposible llegar en el mismo día a nuestro destino, así que otra noche de coche y carretera.
Por la mañana, al fin, alcanzamos Moscú.
Moscú es muy grande. La ciudad más grande de Europa. Fría en todos los aspectos, desoladora y alienante. Su color predominante no es el rojo como nos hicieron creer de niños, sino el gris. Sus ciudadanos se mueven, a nuestro parecer, inexpresivos como androides. Pensamos que la larga y durísima dictadura comunista hizo mella en la psicología de sus habitantes. Y por añadidura el tráfico en esta ciudad es un caos tal que roza el delirio.
En Moscú los problemas para grabar son de otra índole. Intentamos filmar la Plaza Roja y sentimos el temor de quedar detenidos cuando la policía se llevó a Alfonso para hacerle un interrogatorio de besugos, porque no había idioma común posible. Nos dejaron claro que la próxima vez no se andarían por las ramas.
Y otra vez el desasosiego por el tiempo desaprovechado y la decepción de no poder contar nuestras experiencias como Dios manda.
Una mañana Dani fue a la estación Yarovlasky de Moscú porque necesitábamos información sobre los billetes del transiberiano y sobre la posibilidad de embarcar el coche en un tren hasta Irkustk.
En un momento dado preguntó si alguien hablaba inglés. Entonces se incorporó a nuestra expedición Peter. No podríamos expresarlo de otro modo.
Peter es un hombre serio, lacónico, y también generoso, hospitalario y no sé cuantos más adjetivos usar. Todos los buenos serían pocos.
A poco de conocerlo nos facilitó los permisos para grabar en un montón de sitios. Nos aconsejó; hizo una traducción al chino de nuestra documentación de tránsito; nos regaló libros, guías y mapas; nos acompañó durante tres días desde la mañana hasta la noche resolviendo todos los problemas; llamaba por teléfono una y otra vez a una y mil personas para facilitarnos las cosas. Varias veces nos invitó a comer, era imposible pagar la cuenta. En Moscú, por conocer, conocía hasta el gato…
No quiso retratarse en ningún momento con nosotros y jamás nos habló de sí mismo. La única respuesta que obtuvimos cuando preguntábamos por su trabajo era: “soy de la KGB”, seguida de unas risas sordas. Este hombre nos llevó a la embajada de España en Moscú y nos sugirió la posibilidad de solicitar un documento en ruso firmado por el embajador de España pidiendo la cooperación de las autoridades rusas en nuestro trabajo. Así lo hicimos. Él apuntó su redacción. Este papel ha sido en todo momento un salvoconducto en nuestra loca travesía a través del país más duro y grande del Mundo.
Ningún policía ruso, ¡ninguno!, y fueron docenas los que nos pararon todos los días, nos puso problemas en nuestro viaje por este país al mostrarles el documento de marras. En dos ocasiones en que rebasamos ligeramente la velocidad permitida se nos perdonó la multa.
Peter sigue llamándonos como un padre casi todos los días para saber dónde estamos y cómo nos van las cosas. Sigue allanando nuestro camino. Gracias a su ir y venir a Beijing (según sabemos), nos ha facilitado contactos para que nuestro paso por China sea lo mejor posible.
Para nosotros un personaje como este es más que una aparición. Nada pidió a cambio. Seguimos conmovidos, estupefactos, impotentes, completamente incapaces de agradecerle sus desvelos. Hablar de los rusos después de conocer a este hombre resulta muy difícil. Y seguimos preguntándonos por qué hizo y sigue haciendo esto y de esta forma entregada e incondicional.
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