El lago Baikal es un paraíso muy frío. Sus aguas azules suponen una quinta parte del total de agua dulce del planeta y también es el lago más profundo del mundo. Las orillas del Baikal son esteparias, pero crecen allí unos pinos endémicos que, al no poder soportar las bajísimas temperaturas del invierno, se han transformado extrañamente en coníferas de hoja caduca. El ambiente en Baikal tiene algo mágico, viven allí chamanes y también buriets o buriatos, hombres descendientes de antiguos mongoles que según la tradición hace ochocientos años se refugiaron allí expulsados por Gengis Khan perseguidos por traición.
Nos dispusimos a recorrer la isla hasta su particular “Cabo Norte”. Unos cuarenta kilómetros, pero los acantilados y las playas de Juzhir nos atraparon hasta pasado el mediodía. La ocasión y el lugar requerían todo nuestro esfuerzo. Montamos la grúa de cámara y dedicamos el tiempo necesario para filmar de la mejor manera posible aquella maravilla. La serenidad de estos paisajes nos aplacó del estrés de los días anteriores aunque los seis grados bajo cero, a pesar del sol radiante, no nos hicieron olvidar que Baikal es también Siberia.
Con el místico Sergei fuimos avanzando por los caminos de la isla con el KXR. En ocasiones atravesando ríos de hielo, paisajes nevados, hitos sagrados de los chamanes, bosques dorados por el otoño y alguna que otra dacha perdida en medio de aquella isla.
Nos llamó la atención un Gulag abandonado en 1956. Mientras comentamos los relatos de Alexander Solzhenitsin podíamos imaginar allí a Ivan Denísovich y a otros esclavos de Stalin. Ante nosotros estaban los restos del famoso “Archipiélago Gulag”.
De entre las construcciones abandonadas y en estado ruinoso había, sin embargo, una en perfecto estado de conservación. Estaba habitada por una exprisionera del Gulag que, al pasar tanto tiempo allí, decidió quedarse cuando se cerró el campo de trabajo. No tenía otro sitio al que regresar ni familia que la esperara. A veces los recuerdos del pasado más duro de un país no están sólo en símbolos desperdigados o edificios ruinosos. Los náufragos de aquellas tormentas son el recuerdo más triste de la historia, son, al fin y al cabo, historia viva.
Sergei se desveló por nosotros, nos ofreció para comer el exquisito Omul, una especie de arenque, también endémico del Baikal, que se toma ahumado. También soportó con la paciencia de un santo nuestras demoras para filmar planos y repetirlos veinte veces si no salían como Dios manda y, por supuesto, nos dio toda clase de explicaciones sobre la vida y las tradiciones de Oljon.
De vuelta a Nikita´s cenamos y nos reímos intercambiando opiniones con los distintos personajes que por allí paraban. Los canadienses se partían de la risa cuando les explicábamos las tradiciones españolas que ellos conocían superficialmente, como los “Sanfermines” o las capeas.
El día siguiente fue más tranquilo. Visitamos el pequeño museo de Juzhir, comimos a orillas del Lago junto a un fuego y tratamos de filmar a una boda buriet. No fue posible. Por la tarde fuimos invitados por Baba Masha a tomar té, dulces y licores. Grabamos una pequeña fiestecilla que allí nos improvisaron con acordeones y guitarras.
Ya al tercer día repostamos el Land Cruiser y nos despedimos de Sergei en la pequeña ermita ortodoxa de Juzhir. Desandamos los treinta kilómetros hasta llegar al puerto para embarcar el KXR en el ferry y justo allí nos encontramos a los buriets recién casados continuando su fiesta. Nos ofrecieron vodka y pasteles. Tanto intimaron Daniel y Alfonso con ellos que fuimos invitados a la segunda parte de la ceremonia en Ulan –Ude. No pudo ser. Nuestra agenda se encontraba al límite. Tras una noche sin dormir por culpa del trabajo loco, preeditando el material filmado, hicimos las maletas y pusimos rumbo a Mongolia. Después de un més en Rusia, deseábamos un nuevo cambio de aires. Tras una escala en la ciudad de Ulan Ude, nos tocó otra noche de espera en la frontera.
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