Salimos de Novosibirsk pensando en parar en la ciudad de Krasnoyarsk. Sin planearlo estábamos afrontando el asalto final a Irkustk porque no hubo forma de encontrar un sitio donde quedarnos a dormir. Esto nos supondría pasar más de 48 horas en carretera. Además no vimos aquí más interés que en las otras ciudades industriales de Rusia: estación de tren y plaza de Lenin.
A las plazas de Lenin en las ciudades de Rusia, Alfonso las rebautizó con el nombre de “Plazas del Lechón”. Con su gracia argentina decía que, a juzgar por su buen aspecto, Lenin debió hartarse de morcilla criolla. Incluso en el programa de filmación de Irkutsk incluimos la correspondiente “Plaza del Lechón”…
Después de un paseo nocturno por Krasnoyarsk, continuamos de madruga rumbo a Irkutsk.
El termómetro comenzó a descender súbitamente y no dejó de hacerlo hasta el amanecer. Llegó a 14º bajo cero. Fuimos turnándonos al volante para poder dormir.
La belleza del amanecer en Siberia nos dio fuerzas para bajar del coche, admirar, grabar y fotografiar.
Llegando a la aldea de Borodino no nos quedaba ni combustible ni rublos para repostar. En Siberia no aceptan tarjetas de crédito ni dólares americanos que era lo que teníamos. Nos arriesgamos a llegar a Cansk, ciudad desoladora construida en medio de la nada, cerca de una gran base aérea militar. En la gasolinera paramos a preguntar. Nos miraban como a extraterrestres y entendimos que había un banco donde cambiar dólares. Con gesto dictatorial la empleada de la sucursal me pidió el pasaporte e hizo, desconfiada, docenas de pruebas a los billetes para asegurarse de que no eran falsos. Pudimos repostar.
Pasada Cansk vivimos una historia desagradable. Recogimos a Natasha, una chica que hacía auto-stop a las afueras. Tendría unos treinta años. Nos comunicábamos con gestos, no paraba de reír, era muy simpática. No sabíamos muy bien a donde se dirigía. Entre risas nos enseñó la foto de un bebé desnudo. Nos alegramos al entender que era su hijo. Luego, ensombreció el semblante y nos hizo saber que había fallecido. Sacó de una bolsa una botella de no se qué y nos ofreció. Rechazamos amablemente la bebida, sabíamos que tenía alcohol y no podíamos aceptarla. Ella comenzó a beber sin medida. Diez minutos después perdió el conocimiento. Era una botella e absenta. ¡Menudo lío!. Alfonso y yo estábamos perplejos con la situación. ¿Qué hacemos?, ¿dónde la dejamos?, ¿acudimos a la policía?, ¿y si se inventa una historia y nos mete en un lío?. Estábamos viviendo una pesadilla al estilo Hitchcock. Al llegar al siguiente pueblecito preguntamos en una parada de taxis comunitarios. Con gestos explicamos lo que pasaba al grupo de personas que allí había. Era un delirio. Finalmente, apareció un policía con el aspecto duro de película del Oeste, entendió lo que ocurría y se hizo cargo. Ante nuestro asombro todos se echaron a reír. Pudimos continuar aliviados pensando -ni una más-, pero nos entristeció terriblemente el estado de la chica. Seguramente querría huir hacia ninguna parte.
Habían pasado 24 horas desde nuestra salida de Novosibirsk. Tras atravesar Cansk la carretera se volvió un infierno. Los socavones hacían imposible circular a más de treinta kilómetros por hora. El asfalto se perdía de nuevo para convertir la carretera en caminos de barro. Otra vez los cálculos de tiempo hasta nuestro destino se nos escapaban. Doscientos kilómetros después todo volvió a la normalidad.
A lo largo del día paramos muchas veces más. Fue agotador. Filmamos un pueblecito y hablamos con el simpático anciano Misha, dispuesto a dejarlo todo para hacer el viaje con nosotros al entender nuestra misión de dar la vuelta al mundo. Pusimos cadenas al coche cuando la nieve y el hielo llegaban ya a una cuarta de espesor. Rescatamos a un hombrecillo y su coche con el cabestrante del KXR. Y tras cientos de kilómetros y horas de volante, haciendo un último y agotador esfuerzo, llegamos de madrugada a Irkutsk. El cuentakilómetros parcial marcaba 5.600 Km.. Fue lo que dejamos atrás desde que lo pusiéramos a cero ante las puertas del Kremlin de Moscú. Por descontado, el KXR cumplió su misión con sobresaliente.
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